El Paisaje de la Escuela de Caracas
Francisco Da Antonio
La fundación del “Círculo de Bellas Artes”, en 1912 y
subsecuentemente, el desarrollo de la llamada Escuela de Caracas, pueden
perfectamente interpretarse, respecto a la imagen plástica del paisaje
venezolano, como la culminación de la concepción positivista iniciada entre
nosotros a partir del segundo tercio del siglo XIX, proceso que alcanzó luego
de la reforma universitaria bajo el gobierno del General Antonio Guzmán Blanco,
cuerpo de doctrina social. Y es justamente a lo largo de esas últimas tres
décadas del siglo, cuando se manifiesta en nuestras dirigencias políticas,
económicas y sociales, así como en la obra de escritores, poetas y pintores, el
primer acercamiento para con la realidad pragmática y cotidiana del país y, en
el caso de nuestros pensadores y artistas, con el hombre venezolano del común,
tal como constatamos en la novelística de Urbaneja Achelpol, en el Zárate de
Eduardo Blanco, en el paisaje nacional visto en la Silva Criolla de
Francisco Lazo Martí, en la obra litográfica de Ramón Bolet y Enrique Neun, en
los paisajes de Arturo Michelena luego de su retorno definitivo a Venezuela y,
desde los años de 1880, en la mirada de Martín Tovar y Tovar.
Y en efecto, “conforme nos vamos alejando de la fecha
de la instalación oficial del “Círculo de Bellas Artes” –escribíamos en 1962–
confirmamos el hecho según el cual La Escuela de Caracas tiene su
antecedente más calificado en la obra de Martín Tovar y Tovar. Acaso nunca se
había reparado en la circunstancia según la cual el mismo pintor de la “Firma
del Acta de Independencia” y de los retratos de nuestros Próceres y Fundadores
de la Nación, fuese también el más importante paisajista y el más completo, del
siglo XIX venezolano. Y aún pudiéramos decir que la diferencia entre lo
anterior y lo nuevo es más aparente que substancial. Si comparamos un paisaje
de Tovar de 1880 y tantos con otro del Monasterios de 1924, por ejemplo, puede
ocurrir que la sensación formal sea idéntica.”
“Afirma Enrique Planchart en su artículo “La Pintura en
Caracas”, resumen de la actividad pictórica capitalina del año 1919, que no
existía una pintura venezolana –continúo transcribiéndome – sino “pintores de
una personalidad muy segura y bien desarrollada. Quien haya seguido el hilo de
la evolución de Manuel Cabré y Federico Brandt, de Monsanto, de Monasterios y
de Reverón y quien haya visto las obras que estos artistas han preparado
últimamente, comprenderá, a pesar de todo, que hoy se comienzan a echar las
bases de una tradición artística venezolana.”
“¿Ignoraba nuestro crítico cuanto se había realizado en
el país a lo largo de tres siglos? Planchart conocía, por supuesto, los
antecedentes pictóricos nacionales; sólo que en su planteamiento de entonces
corría implícita la tesis según la cual la paisajística que formaba escuela
entre los nuevos pintores debía ser tan venezolana, como alemana. La “Secesión”
de Munich, por ejemplo, en lo que ésta tuvo de trascripción del impresionismo a
un lenguaje de “carácter” más nacional, menos iridiscente que lacónico. Tal
postulado, con todo y sus limitaciones, aspiraba a una programación tan
formidable como discutible en su enunciado fundamental: el que a partir de allí
comenzara la “tradición” artística venezolana.”
“Hoy resulta claro –decíamos entonces –, que Planchart
confundió la ausencia de ese carácter nacional venezolano con la ausencia de
tradición, de antecedentes y de continuidad históricos. A decir verdad, no
sería sino años más tarde cuando se detuvo con ánimo investigador en la obra de
un Juan Lovera y en la generación guzmancista, pongamos por caso. No obstante,
su visión al respecto fue sobre todo episódica pese al propósito de hacer
justicia a una labor que él mimo, sin proponérselo acaso, había contribuido a negar
otrora. Por lo demás tal actitud no fue privativa suya. El vicio de inadvertir
las concatenaciones dialécticas que vinculan en el tiempo y en el espacio los
acontecimientos y la obra de los hombres, constituye una de nuestra fallas más
comunes y la desorientación en cuanto a la historia del arte en Venezuela se
refiere, es por cierto alarmante.” Hoy, naturalmente, menos que hace medio
siglo, pero en mayor o menor grado, el desconocimiento del pasado llega incluso
a nuestros días.
“En último análisis –concluíamos–, el paisajismo de
Tovar aparece aún más legítimo por cuanto deriva de una contenida emoción y
porque responde al deseo de penetrar en el cambiante misterio del color, de la
luz y la fisonomía telúrica de la tierra venezolana: para los años de 1880
Tovar había arribado a una concepción paisajista personal, diferente en
absoluto a las sugerencias románticas y neoclásicas que descorren los pesados
cortinajes de sus retratos. Pero si su interés por el paisaje se nos ocurre
ahora coincidente con una época de la pintura que quiso hacer de la naturaleza
objeto y fin de sus experiencias, no sabríamos responder –y no lo sabíamos, en
efecto, en 1962–, hasta qué punto tal coincidencia fue reflejo de un clima
general de la cultura o si queda tan sólo referido al desenlace de la afición y
del amor por la naturaleza que en Tovar se reveló desde sus primeros tiempos.”
De modo, pues, que no fue Enrique Planchart –como
posteriormente se quiso interpretar nuestro planteamiento–, quien afirmara
nunca que Tovar “anunciaba” el paisajismo del “Círculo”. Por el contrario, es
del todo probable que jamás hubiese admitido llevar hasta el maestro de la
“Batalla de Carabobo” una tesis concebida por él a propósito de los artistas de
su propia generación a quienes, por otra parte, como queda dicho, tampoco puede
atribuírseles la presunción de Planchart de que con ellos comenzaba la
“tradición” ni, menos aún, que se vieran obligados a partir de sí mismos por
carecer de antecesores.
El paisaje de Tovar deviene la primera respuesta de la
pintura en Venezuela –si exceptuamos el antecedente de la obra litográfica de
Bolet-Neun–, a la concepción positivista. Vale decir, al descubrimiento y toma
de conciencia frente a una entidad natural cuya presencia habían
soslayado las tendencias barrocas en la segunda mitad del siglo XVIII y obviado
como realidad objetiva, la visión predominantemente romántica que caracterizó,
hasta bien entrada la década de 1880, el panorama cultural decimonónico.
Correspondería a los pintores del “Círculo de Bellas Artes” no sólo desarrollar
la proposición de Tovar, sino imprimirle también un cuerpo de “doctrina”
visual, si cabe el término.
Ahora bien, si en lo más general el comportamiento de
nuestros pintores parece coincidir con el impresionismo en lo que respecta al
abandono del taller y en su renuncia a la mitología, la historia, el
costumbrismo, el folletón, etc… y en el ejercicio de una pintura a “pleno
aire”, tales aspectos devienen coincidencias operativas, procedimentales, pero
de ninguna manera factores sucedáneos, que ni tan siquiera “nuestra propia
versión tardía, pero autónoma del impresionismo”, tal como alguna vez
afirmáramos conforme a la interpretación tradicional según la cual la pintura
del “Círculo” y el subsecuente desarrollo de la Escuela de Caracas,
representaban tan sólo una proyección de la visión impresionista.
El paisaje de la Escuela de Caracas opone a la
fugacidad del “momento” impresionista, una detenida observación del entorno, un
como querer fijar en el tiempo la presencia del mundo recién descubierto por la
mirada. No será, pues, el “instante”, la caducidad de lo transitorio
–pensamiento que en Francia parece remontarse a Descartes y culminar en el
“presente” sartriano–, cuanto sustenta el paisajismo caraqueño. Es, por el
contrario, el propósito de eternizar por la imagen la presencia de lo
circundante.
Tampoco lo será la gradación atmosférica –haciendo a un
lado sus contenidos temporarios–, la manera como el color resulta modificado
“por la densidad de la atmósfera”. El pintor del “Círculo” –al menos durante
bien largo trecho de su indagación inicial–, se inclina al uso del color en
plenitud y, en un determinado momento, a la cromatización “modernista” tocada
brevemente por el aura del simbolismo allá, en las proximidades de 1920 y hasta
un poco más tarde. Y si bien es cierto que a lo largo de su trayectoria afinará
su paleta modificándola o enriqueciéndola con matizaciones cada vez más sonoras
o sutiles, no es menos cierto que dicho proceso se cumple menos en función de
lo atmosférico, que atendiendo al estudio del “color local” como corresponde a
la mirada positiva. En consecuencia, la disolución de la línea a los fines de
la inserción de las formas dentro del medio –el ámbito impresionista como
antípoda no sólo visual, sino también conceptual de la cosmovisión
positivista–, no se da en ningún caso en los maestros venezolanos.
Estas serían, muy probablemente, algunas de las razones
por las cuales Manuel Cabré identifica en Armando Reverón “un impresionista sui-generis”.
Y ello quizá también con ánimo de desvirtuar en forma definitiva, la frecuente
calificación de “pintor impresionista” que cierta crítica convino en
atribuirle: “una economía de más en más severa de sus medios cromáticos –dice
Cabré a propósito de la investigación reveroniana–, le conduce gradualmente a
una manera de expresión plástica que llevará a veces hasta la pintura
monocroma. Seducido por el persuasivo llamado de la luz; considerando huero,
tal vez, el enfrentarse a otro problema que no respondiese directamente al de
la consecución de su conquista, hacia la luz se enrumba, al fin
apasionadamente. Si hemos dicho que Armando Reverón fue un impresionista sui-géneris,
es porque los postulados del credo de esta Escuela, aceptados intuitivamente
como recurso técnico necesario en su anhelo de conquistar la luz, fueron
aplicados por él de manera muy peculiar”.
Y esa “manera muy peculiar” de aceptar “intuitivamente
como recurso técnico” los “postulados del credo” impresionista –y obsérvese
bien la calificación de “recurso técnico” empleada por el maestro Cabré–
constituye, en definitiva, lo único que de dicha escuela tomarían para sí no
sólo Reverón, sino también los hombres del “Círculo” y, en su más amplio
sentido, los maestros de la Escuela de Caracas. Y si aún requiriésemos
de mayores argumentos para establecer objetivamente la distancia que
media entre la obra de éstos últimos y la visión impresionista, bastaría con
recordar un “Ávila” de Cabré, un “interior” de Federico Brandt, un “barrio” de
Rafael Ramón González y compararlos con cualesquiera de los cuadros pintados
por Emilio Boggio durante su estada caraqueña –piénsese en sus “Techos de La
Pastora”, por ejemplo–, y las diferencias saltarían, de inmediato, a la vista.
Los pintores del “Círculo”, sin lugar a dudas, supieron
lo que querían, supieron enseñar aquello en que creían y su pintura no fue otra
cosa que el resultado de todo cuanto creyeron. De allí la coherencia y las
limitaciones de la obra que les tocó cumplir; pero de allí también la seguridad
con la cual enfrentó cada quien su tarea y, consecuencialmente, el rigor pero
también la libertad metodológica– de su pedagogía, cuyo magisterio se
consolidó, a partir de 1936, en las aulas y talleres de la escuela de Artes
Plásticas y Aplicadas de Caracas.
Para los hombres del “Círculo”, para el pintor de la Escuela
de Caracas, lo primero que vio fueron montañas, la Cordillera Litoral, sus
doradas aristas cayendo de lo alto del Ávila y del Naiguatá, hundiéndose entre
los barrancones húmedos del valle. Y luego la ciudad, aún breve y brumosa, con
su grato
sabor provinciano interrumpida
apenas por el
paso de los
tranvías eléctricos. El paisaje –muros blancos, techos de
ennegrecido zinc, tejas escarlatas y árboles, grandes sombras azules sobre las
calles solas– sería en efecto, el gran personaje, la afirmación de una entidad
hecha presencia en las telas de Cabré, de los González y de Prieto. Del otro
lado de la montaña, el mundo metafísico de Armando Reverón, pulverizado por el
sol y las aguas caribes. O más lejos aún, hacia adentro del país inasible, el
paisaje de nuevo: Monasterios y Próspero Martínez; la ingenuidad rural de
pueblos y aldeas, el color y la luz sobre la tierra cruzada por los caminos
amarillos.
En los talleres, en tanto, aguardaban pacientes las
modelos, las desnudas odaliscas criollas; el estudio del volumen y del color
local. Sobre las mesas, en supuesto desorden, los cacharros, las telas y las
flores; la forma detenida y estática. Las oscuras botellas desde cuyo interior
asomaban las opalinas de la luz o esmaltaban con brillo imperceptible las duras
superficies de sus gastados vidrios. De pronto el carmín de una fruta encendía
con apagada lumbre el verde antiguo de los paños. Este fue el mundo de
Castillo, como lo fue de Brandt: la secreta vivencia de las cosas reclamadas
por la poética del color.
Material de Uso Educativo
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