Del Realismo Social y los Realismos
Francisco Da Antonio
Las
proposiciones realistas en la historia del arte en Venezuela devienen un
abanico de alternativas: unas como simple imagen de lo cotidiano; otras como
visión testimonial de la realidad circundante y, las más radicales, como
planteamiento ideológico ya “que la idea del “compromiso” –tal como afirma
Simón Noriega a propósito de Courbet–, encuentra sus precedentes más claros en
la doctrina estética de este pintor. Ella exigía no sólo la representación
veraz de los hechos contemporáneos, sino una verdadera relación moral (por
parte del artista) con la verdad social. Esta relación (con la verdad)
reclamaba una compenetración con el presente con la historia contemporánea”.
Pero nuestro realismo de los años 1940 Héctor Poleo,
Pedro León Castro, César Rengifo, José Fernández Díaz, Gabriel Bracho, Julio
César Rovaina y algunos otros jóvenes que asumieron no sólo el activismo
revolucionario sino además una concepción del arte fundamentada en la plástica
de los muralistas mexicanos, devino en términos de un extraño lirismo, casi
surreal a veces, en obras de incontestable evocación poética. También las
tendencias decorativas y la volumetría Decó se hizo sentir en la arquitectura
caraqueña de estos años, así como en las robustas féminas de León Castro y en
la estatuaria de Francisco Narváez cuyas desnudas barloventeñas, talladas en
pulimentados ébanos, representaron un canto a la belleza de la negritud afro-caribe.
EL REALISMO DEL 900
El 29 de octubre de 1900 conocimos el primer terremoto
del siglo. La “Memoria” presentada por el Concejo Municipal del Distrito Sucre
al Ejecutivo Regional del Estado Miranda, refleja la dramática quiebra fiscal y
la miseria del país en esa difícil hora. Y si tomamos en cuenta que dicha
“Memoria” procede de Petare, a escasos doce Kilómetros de la capital de la
República, su contenido adquiere proporciones aún más inquietantes. Luego del
recuento de las calamidades provocadas por el sismo en las ciudades y pueblos
del distrito, el documento detalla la situación de sus rentas: “a despecho de
la actividad y pulcritud conque se administran, su estado es verdaderamente
alarmante. Deducidos los egresos cuyas partidas más elevadas corresponden a la
Jefatura Civil, Policía y Alumbrado Público, el balance acusa un saldo a favor
de ciento veintiún bolívares con cinco céntimos para el 31 de octubre de
1901”. Henchidos de un optimismo a toda prueba, los honorables munícipes no
desperdiciaron la ocasión para “alfombrar, además, el local donde celebra sus
sesiones el Concejo Municipal.”
“En semejantes
fruslerías –dice Mariano Picón Salas a propósito de la gala de fiestas y saraos
que comienzan en 1903 luego de la “Libertadora”, nuestra última guerra civil –,
una Caracas que más allá del pequeño círculo plutocrático vive al fiado y acude
continuamente a los usureros, soslaya la inmensa tragedia nacional. Entre
láminas de belleza y gacetillas de la vida literaria “El Cojo Ilustrado”
publica en ese segundo semestre de 1903 las fotografías patéticamente veraces
en que un valioso artista, el fotógrafo Avril ha pintado los desastres de la
reciente guerra: figuras esqueléticas de pata en el suelo; inválidos que
arrastran toscas muletas. Juanbimbas apenas cubiertos con colgajos de harapos,
o enfermos que agonizan de paludismo y beriberi en las inmensas soledades
llaneras, casi parece una ironía otra columna de “El Cojo Ilustrado” que
recomienda a sus lectores, modelos para disfraces de Carnaval del próximo año…”
La quiebra económica, la guerra, el terremoto, la ruina
de las ciudades, la miseria, el desahucio social y el hambre: de ese caldo de
cultivo y no como resultado de una conceptualización apriorística o de
influencias exógenas, surgió aquella vivencia de lo real, nuestro primer
Realismo: “Llegué de seis años –rememoraba el maestro Manuel Cabré–. Mis padres
eran catalanes y vinimos a Venezuela porque mi padre fue invitado por el
General Joaquín Crespo para colaborar en un plan de edificación y ornato de
Caracas. / Mi padre no pudo desarrollar su trabajo en el arte porque la
Venezuela de antes del petróleo era sumamente pobre y para nosotros,
extranjeros aquí, la situación era angustiosa. Tanto así que debí abandonar el
colegio para trabajar y no volví más. Por fortuna, mi padre me consiguió otro
trabajo y me sacó de ese lugar, estaba destrozado. / Después hice muchos otros
trabajos, algunos absurdos, con la única finalidad de reunir algún dinero y
llevarlo a mi casa. / Pintar fue una lucha contra la adversidad. Mandaba la
pobreza…/ Mi padre era docente en la Academia de Bellas Artes. Cuando nosotros
empezamos, existía un grupo donde el más destacado era un hombre del pueblo
llamado Valdez, un negro muy feo con un extraordinario talento pictórico. En el
Museo hay un cuadro suyo. La Madre Enferma –su madre –, una
muestra de lo que hubiera podido hacer. Había otro de apellido Uzcátegui.
Lamentablemente, esos talentos se perdieron, fueron pintores frustrados por la
pobreza y la indiferencia oficial”.
Cabré se refiere aquí a una de las más crueles y
veraces imágenes de la pintura en Venezuela: conocida actualmente como La
Miseria (1903), esta tela de Francisco Valdez emparentada con su
homónima de Cristóbal Rojas y en cierta medida, con La Caridad de Arturo Michelena. Pero mientras éstas dos
últimas responden a las preferencias temáticas de los Salones Oficiales de
París, ésta de Valdez surge de la más íntima cotidianidad del artista: un
rincón del cuarto de la “casa de vecindad” donde residían: una chiquilla
sentada de espaldas al espectador y, sobre una estera apenas cubierta por las
pobres sábanas, la madre del artista semi-alumbrada por el parpadeante reflejo
de algún hachón encendido.
De estos mismos años es un recio jornalero (El
Descanso) de César Prieto, obra coincidente con aquella extraordinaria
colección de dibujos donde el viejo pintor rescató la imagen de nuestras gentes
del llano en sus faenas, en sus juegos, en la doma y el ordeño… Federico Brandt
también observó con interés y veracidad nuestros mendigos, así como Armando
Reverón hizo del mercado caraqueño tema de algunas de sus más palpitantes
escenas del acontecer citadino. Las Chamiceras de Pablo Wenceslao
Hernández no es una pieza aislada, también pintó a los hombres de la estiba
marítima en El Embarcadero, así como Antonio Alcántara y Abdón
Pinto trabajaron en las vaqueras y tejerías aledañas de la ciudad. Y esos niños
jornaleros de Catia y de la Sabana del Blanco pintados en los albores del siglo
por Manuel Cabré, también los veremos en la Siembras en el Ávila
(1906) de Carlos Otero cuya percepción de lo real le acompañará a lo largo de
casi toda su trayectoria. Su caso coincide, en cierto modo, con Tito Salas
quien luego de Los Herreros (c. 1902) y Los Cogedores de
Papas (1906) avanzará, bajo la influencia del verismo español hasta El
Toril (1908) y El Milagro en Castilla (1911), justo
antes de iniciar el ciclorama bolivariano.
EL REALISMO A PARTIR DE 1930
En su “Historia de la Pintura en Venezuela” Alfredo
Boulton fue el primero en llamar la atención en torno a los contenidos sociales
en la pintura de Francisco Narváez al inicio de los años de 1930: “Al lado de
las faenas proletarias que pintó en sus cuadros –dice Boulton –, describió el
analfabetismo, la crisis del campo, las faenas del mar, los juegos campesinos,
las peleas de gallos, los ranchos, las barriadas: los más agudos problemas del
hombre nuestro y universal en aquellos últimos años del Gobierno del General
Juan Vicente Gómez”. Visto en un sentido riguroso, ésa fue, en gran medida, la
temática de Julio Arraga en Maracaibo. Pero Narváez regresó a Venezuela en 1931
cuando ya Arraga había muerto. De modo que ni éste dejó seguidores, ni Narváez
ejerció la rectoría de ninguna tendencia.
“En Venezuela,
curiosamente –afirma Noriega – la estética del realismo fue estimulada, en
cierto modo, en las aulas de la Escuela de Artes Plásticas”. Y en efecto, luego
de la reforma de 1936 y coincidiendo con el inicio de la cátedra de pintura
mural al fresco, la Escuela inició una política de becas estudiantiles, algunas
de ellas para el exterior disfrutadas, entre otros, por César Rengifo en Chile,
donde a la sazón se daba impulso a dicha especialidad, y Héctor Poleo en
México, centro de irradiación de la estética del Realismo Social. No olvidemos
que estos sucesos ocurren en un tiempo de exaltación de los nacionalismos: del
nacional-socialismo alemán, del fascio italiano, del imperialismo nipón, del
estalinismo en la URSS y muy especialmente del estallido de la Guerra Civil
Española llamada a escindir a todos en bandos irreconciliables. “Los pintores
del momento –escribe José Balza– no pueden escapar de tal acoso. Con frecuencia
se ha señalado el impacto del muralismo mexicano en los artistas que, durante
este lapso, asumen el cuadro como testimonio de la imaginación social en
América Latina. Y no podía ser de otra manera: la fuerza de Siqueiros, las
aperturas de Rivera, el lacerante universo de Orozco, transmitidas por
gigantescas alusiones al desarrollo y al tiempo de la revolución mexicana,
fascinaban al Continente, atravesado entonces como ahora por heroísmo e
injusticias. Atravesando entonces por luchas como la emprendida por Sandino
(muerto en 1933) y por dictaduras como la que Venezuela vivió hasta 1935.”
No por simple coincidencia los encuadres de Alfredo
Boulton, el fotógrafo, apuntan por esos días sobre unos personajes, rincones y
panoramas como vistos en alguna parte de la lente de Gabriel Figueroa, como no
será tampoco por azar que en 1943 le fuera otorgado el premio “John Boulton” a Los Tres Comisarios de Héctor Poleo,
una obra donde tres embozados cristeros de aquellos que Diego Rivera convoca en
los muros de Tenochtitlán, se confabulan frente al paisaje de Comala en espera
de la señal de Pedro Páramo. Al año siguiente, el Premio Oficial de Pintura
recayó en Barrios de Monte Piedad, de Pedro León Castro. El
propio Boulton adquirió en aquella oportunidad El Sebucán, una
gouache del pintor Gabriel Bracho. ¿Estaban nuestros jurados brindándole apoyo
a la tesis del Realismo Social o se trataba tan sólo del merecido
reconocimiento y estímulo al talento de esos jóvenes?.
“Con Pedro León
Castro y Héctor Poleo –me transcribo de un artículo publicado en 1967–insurgía
una nueva posición en nuestra plástica pautada hasta allí por el paisajismo del
“Círculo de Bellas Artes”. Procede señalar, no obstante, como a despecho de una
tésis tan rotunda, el realismo de nuestros jóvenes no tuvo mucho que ver con el
muralismo azteca. Se aspiraba a la conquista del muro, pero la concepción del
arte como propaganda no aparece por ninguna parte; y si también planteábase el
afán de testimoniar la imagen de un país empobrecido al que las dictaduras
habían aherrojado por casi medio siglo, no es menos cierto que aquellos jóvenes
no actuaron ni bajo el impulso combatiente que genera la experiencia bélica que
si conocieron los mejicanos, ni arrastraron el lastre de sus contradicciones”.
“Más que de
tragedia y de violencia –continúa el texto– de imprecación o de furia, detrás
de aquel realismo se adivina una actitud emocionada y expectante: de allí en
León Castro ese clima ideal donde florecen los niños y los árboles. El mar no
es enemigo, ni la lluvia, ni el viento: el hombre ha tomado posesión de las
cosas y el amor se resuelve con la misma alegría conque cruzan los pájaros los
cielos impecables. He aquí, podría decirse, la tierra primigenia cuyas auras
anuncian la Plenitud Desnuda de la Vida. Se trataba tan luego, más de una realidad
deseada, grávida de lirismo, que de un realismo contingente. De allí su limpidez
y esplendor. En Poleo, en cambio, la cadencia poética queda planteada en
términos de soledad y de silencio: como si hasta ese momento no se hubiera
reparado en ello, el pintor nos ofrece la versión de una Venezuela empobrecida
y triste. El paisaje semeja una gran telón de fondo en cuyo primer plano se
plantan los oscuros comisarios rurales o tejen sus enhiestas antenas los
árboles desnudos. Sobre las tapias de las viejas casas –aquí el tiempo ha
carcomido toda antigua belleza– imprimieron las lluvias las huellas de sus
goterones, desmantelaron piedras y poblaron de silencios los cerros lacerados
por los hombres y el fuego. No fue, pues, un realismo de protesta ni de grito.
Fue más bien como el descubrimiento de una verdad sencilla y lacerante cuya
presencia quedaría expresada en términos de documento”.
La mirada de nuestros realistas –por estos días Gabriel
Bracho andaba en otras latitudes–, no se dirigió a la ciudad cuanto a sus
barriadas, a los repechos periféricos donde comenzaban a levantarse los primeros
ranchos del éxodo rural. Y sobre todo al desasistido universo campesino:
sembradores y jornaleros cuyas presencias comenzaban a adquirir los relieves
protagónicos de una poética más russoniana que combatiente. Figuras apolineas
en Poleo y en León Castro o frecuentemente doblegadas como por el peso de
antiguas hambres y derrotas, en Rengifo y a quienes bien poco antes Pedro
Centeno Vallenilla, un devoto del mestizaje americano, había situado con
estatuaria prestancia ante las altas moles de la cordillera litoral. Sólo un
pintor en este augural tiempo del país parece reparar en las transformaciones
operadas en el entorno citadino y, abandonando el fortín de su voluntario
exilio, comienza a dar constancia del nuevo pulso de país: “Sucede en 1941
–dice Alfredo Boulton– un cambio súbito y entra bruscamente en la vida del
puerto de La Guaira: El griterío de los estibadores, el martilleo de los
mecánicos, el silbido de las sirenas, el correr del ferrocarril, el corneteo de
los autobuses; todo eso lo capta con decisivos toques de su paleta. Todo ese
ruido de máquinas y de hombres le dan a sus lienzos un colorido más sombrío y
más violento. La composición y el equilibrio llegan a veces a sorprendentes
fórmulas. Sin embargo, de vez en cuando, recobra tranquilidad en los
atardeceres del malecón”. Esa sería, en términos de una mirada testimonial, la
“pintura social” de Armando Reverón.
Quizá nunca reparemos que el Realismo Social constituyó entre nosotros, más que una acción colectiva como alguna vez se intentó promover con la fundación del “Taller de Arte Realista”, una conducta individual. Y si al inicio de los años 1940 reunimos transitoriamente a unos cuantos y talentosos jóvenes en la línea de partida, apenas comenzada la marcha cada quien optó por la ruta más acorde con su sensibilidad y con su destino.
Material de Uso Educativo
Quizá nunca reparemos que el Realismo Social constituyó entre nosotros, más que una acción colectiva como alguna vez se intentó promover con la fundación del “Taller de Arte Realista”, una conducta individual. Y si al inicio de los años 1940 reunimos transitoriamente a unos cuantos y talentosos jóvenes en la línea de partida, apenas comenzada la marcha cada quien optó por la ruta más acorde con su sensibilidad y con su destino.
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